domingo, 8 de febrero de 2009

Relato de una mujer gris (Parte II)

Salí a caminar, a la vuelta de mi departamento había un parque, espantoso, contaminado y sucio. Lleno de basura y tierra. Pero bueno todavía mantenía su laguna. Y todavía un par de patos nadaban sobre ella. Me puse un sobretodo, que escondiera mi piel y un sombrero finísimo que pertenecía a mi abuela. Me senté en el parque a ver la gente, esos locos autómatas y autistas. De pronto me veía sola en el medio del parque. Es que también era una autómata autista con un mundo en mi cabeza. ¿Y los otros? también debían tener un mundo en su cabeza, nunca lo iba a saber porque no había puentes que nos conectaran. Y pensar que en ese parque mis padres se habían conocido y enamorado. En esos tiempos la ciudad era todavía un pueblo y se organizaban quermeses. Allí se habían conocido y jurado amor eternamente. Sin embargo, 30 años más tarde mi papa nos abandona para no volver jamás. ¿Qué había pasado en este mundo de mierda? Mi mama no soltó ni una lagrima y yo llore en silencio, aprendí a fumar y me escape en los libros que prometen siempre finales felices.
Dejé de abstraerme y volví a la realidad. Y allí lo vi.: estaba con un sobretodo amarillo también y su piel era gris, el mundo nos había juntado. Nos sentamos a charlar, hablamos de un montón de cosas pero sobre todo de sentimientos. El no había probado tratar de quitarse el gris con zanahorias. El me dijo que sabía que su piel se volvería gris y que jamás recuperaría su color. Estaba más triste que yo. El escuchaba Jazz, no leía, no cantaba y no se reía. Sólo escuchaba Jazz y fumaba. Fumo esperando, me dijo. Me dio la mano y me dijo que no pretenda cambiar las cosas, que era en vano. Le dije que ya lo sabía, que lo de las zanahorias fue para recuperar mi color porque mis lágrimas perdían fuerza si bajaban sobre un gris. Me dijo que las lágrimas no importaban, porque ya nadie sabía llorar, porque ya no se sabía que era el dolor. Después de hablar concluimos en que no pertenecíamos al mundo y que si no nos había llegado la hora de partir de este mundo entonces, tendríamos que buscarla nosotros. Nos subimos a uno de los botes que estaban en la orilla y remamos hasta el centro de la laguna. Nos hundimos de a poco, flotamos algunos segundos con la mirada perdida y después nos sumergimos en el agua. Queríamos una muerte poética y la conseguimos. Después nos encontrarían, con la mirada de piedra, fría y etérea. Como nuestra piel. Pero ya no estaríamos presentes.

Relato de una mujer gris (Parte I)

Era un día en que el frío me llegaba hasta el alma. El sol se acomodaba de a poco sobre las montañas, al oeste. El miedo siempre estaba presente en mí ser, el miedo es espantoso como los árboles pelados en el invierno. Para volver todo un poco más trágico me encontraba sola en el mundo. Ya no había amigos ni amores a los que recurrir. Solo contaba con música y mis libros. Me había fumado un atado de cigarrillos en dos horas. Y mi piel se empezó a volver gris. Parecía un humano con piel de ceniza. O piel de piedra. Estaba muy deprimida porque me habían vuelto a abandonar, por enésima vez no funcionaba una relación. O que desgracia. El mundo sabía que sobraba, el universo sabía que sobraba, estoy segura que hubo un error en las constelaciones el día que nací por ejemplo que, cayó un meteoro que perturbó los designios de los cuerpos azules.
Volviendo al tema de los cigarrillos, me volví gris. Gris como un fantasma, como una roca, como un metal. Como un metal como una roca como un fantasma. Fantasma, roca y metal. Etérea, dura y fría. Metal fría roca dura fantasma etéreo. Una cosa llevaba a la otra y el resultado era más que la suma de las partes: Soledad. Estaba condenada a estar sola. Pero asumir el hecho de que iba a estar sola siempre defendiéndome del mundo era devastador. Y me había destrozado. ¿Podría decir que existen injusticias en la creación? Podría decir lo que quisiera. Podría gritarlo, podría escupirlo pero el mundo no me iba a escuchar. De alguna forma se había formado un fuerte entre el mundo y yo. Estábamos en guerra. En realidad yo estaba en guerra contra el, pero el nunca se había enterado. Porque yo no era mas que una hormiga, así de chiquita. Estaba gris. ¿Qué iba a hacer? Era gris en serio. Así que Salí a comprar muchas zanahorias. La vendedora y todo el mundo se daban vuelta a verme, era imposible que no llamara la atención. Sin embargo tampoco demostraron tanta curiosidad porque nadie se acerco a preguntarme. Se que no fue por discreción. La gente es desubicada siempre. Pero bueno, reflexioné que a nadie le importaba nada porque un fenómeno así no se ve todos los días. En este tiempo ya se habían acabado los noticieros, los periódicos dejaron de circular para las masas. El mundo funcionaba en cámara lenta, todos adentro de su burbuja, con miedo a interaccionar con otros. Todos con su celular o su mp3 e ipods. Y yo gris. ¡Gris e ignorada! Compre las zanahorias y me volví a casa. Me comí siete pero no paso nada. Seguía gris y seguía fumando. Porque fumando espero, y fumo esperando. El problema es que yo era una enamorada de la vida de antes. Tuve una madre fantástica que se había encargado de presentarme al mundo de la literatura y me dejo tratarlo como tuviera ganas. Así que con una lectura bastante desordenada y con conocimientos de nuestra historia solo contados por novelas históricas me había creado un sueño, una ilusión bastante alejada de la realidad. Pero optimista. El problema fue el día que me volví gris. Como un fantasma, etérea. Como una roca, dura y como un metal frió. Ahí me di cuenta que no había vuelta atrás. Que el hombre se había cavado su propia tumba y ya tenia dos pies adentro y que seria imposible salir. Porque habíamos destruido lo que nos mantenía parados, habíamos destruido nuestra tierra. La tierra de todos los seres vivos. Y mi piel dejo de ser piel. Mi piel era ceniza y en el fondo de mi alma sabia que nunca más volvería a ser piel. Porque mi ser estaba triste, porque me había dado cuenta que el mundo se acabaría por nuestra culpa. Por mi culpa. ¿Cómo vivir cuando la piel de uno se vuelve cenizas? No se puede vivir. Mis lágrimas, se veían tan feas con el fondo de mi piel gris. Las lagrimas que tan hermosamente tristes había apreciado. Siempre supe que llorar no estaba mal, siempre y cuando uno llore con el color que nace. Pero de pronto era gris, entonces mis lagrimas no tenían sentido, no tenían fuerza.

Violeta

Una pesadilla había ordenado mi cabeza. Tuve mucho miedo pero al despertar me di cuenta que el dolor era importante, necesario. Entonces organicé una lista que en realidad no era una lista. Era una hoja en blanco, que tenía un solo nombre: Javier Bril. Mi ex pareja, un reverendo imbécil al que le debía un ajuste de cuentas, El se había encargado de hacerme una mártir y eso no le iba a salir gratis. La vida era una sola y ya no me quedaba tiempo para recuperarla. Había soñado que lo mataba de a poco y el lloraba a gritos pidiendo clemencia. Yo estaba muy feliz en cambio, me sentía liberada y todo era hermoso. Pedí perdón después y le eche la culpa al mundo, por siempre querer resolver la violencia con violencia.

Me levanté y me lavé los dientes. Iba a ser un día largo, por eso puse agua a hervir para hacerme un café. Mientras tanto tendí la cama y barrí un poco el departamento. Me prepare el café que estaba especialmente rico y un sándwich de queso. Me puse el uniforme y me colgué la tarjeta que decía en letras oscuras Violeta Montés y finalmente, partí al trabajo que lo odiaba. Lo único que tenia que hacer era doblar sobres con invitaciones a ciertos eventos o ir a sacar fotocopias. La fotocopiadora era muy vieja en ese entonces, no era como las de ahora, uno estaba más de media hora para sacar dos simples juegos. Ese día, mientras hacía las estúpidas fotocopias me puse a pensar en como iba a materializar la muerte de Javier. Él tenía que sufrir esa muerte, y yo sabía en el fondo que la única solución era matarlo, terminar con su vida porque alguno de los dos tenía que irse de este mundo. No podíamos coexistir y yo no iba a sacrificar mi vida por él.

Yo le tenía miedo a Laura...porque laura era yo. Pero yo era dos personas: yo era Laura a veces y antes Violeta. Después dejé de ser Laura...porque me daba miedo y porque ella era una invención.Es decir, primero fui Violeta, siempre fui Violeta. Pero hubo un tiempo en que fui Laura. Laura Laura Laura. Laura me daba vértigo. Violeta siempre tuvo vértigo sin embargo, Violeta no podía evitar en convertirse en laura. Pero laura hizo muchas cosas que estaban mal. La sociedad dispone y los demás nos acomodamos en eso. El problema de Laura era que todo le importaba nada y nada la iba a cambiar.
Si alguien me hubiera escuchado lo que pensaba creería que estoy loca pero no lo estoy sólo estaba triste, soy triste. Quería yo quería matarlo a él pero, ¿qué significaba ser una simple asesina? Quería vengar mi mordaz infelicidad, de manera procesual. Iba a ser de a poco y tendría la muerte que en mi mundo, en mi cabeza consideraba justo. Justicia, en la cabeza de laura perdón.
También sabía o sospechaba que después de matarlo a él, la iba a matar a Laura. Laura había sido una creación de él y yo no podía seguir viviendo con dos personas adentro mío. Yo había nacido como Violeta y moriría como Violeta. Laura iba a desaparecer con el viento que se llevaran las cenizas de Javier. Me dio pena él, pero se merecía cada centímetro de su muerte y yo merecía recuperar a Violeta, mi persona.


Lo primero que hice al salir del trabajo fue dirigirme a la peluquería y teñirme el pelo de un negro azabache. Tenía la llave de su departamento y la buena noticia es que el nunca supo que yo me había robado esa llave. En la peluquería pedí que me maquillaran. Que me dejaran lo mas pálida posible y que acentuaran mis ojeras. El peluquero me preguntó que tipo de bruja era, a lo que le respondí que sólo iba a matar a mi ex novio. No entiendo por que mi confesión le causo tanta gracia. De ahí me subí a un taxi y le pedí que se dirigiera a Derqui 354. El taxista me miraba y me miraba hasta que me preguntó si lo que tenía puesto era un disfraz. “No…es que, voy a matar a mi ex novio y quiero estar preparada” Se rió un buen rato y me felicitó por el disfraz. (Le volví a aclarar que no era un disfraz, es impresionante, cuando le decimos la verdad a la gente no nos creen y si les mentimos, si.) Llegamos al lugar que le había indicado y me deseó suerte. Subí hasta el cuarto b. Sabía que no llegaría hasta las 10. Me fije en la hora, recién eran las 7 y 32. Entré al departamento, estaba igual de desordenado que siempre. Era un cerdo.


Tenía miedo de seguir, pero la felicidad siempre está al alcance de la mano al igual que la angustia. Me pone muy triste saber que a veces preferimos estar tristes. Debe ser la presión que uno siente: el precio de ser feliz es estar triste. La tristeza nos invade y nos destruye, de a poco. Las risas se vuelven inusuales y el aire se vuelve denso, a veces pareciera que no hay aire. Me acordé del concurso de barriletes de mi colegio. Los barriletes que ganaban eran los que siempre hacían los padres de los alumnos en cambio, los que hacían los alumnos nunca volaban tan alto ni tanto tiempo por eso, nunca ganaban. Yo nunca ganaba. Recordé un año en especial, tenía 9 años y mi barrilete no había volado, mi tristeza era inmensa y me senté a llorar en los vestuarios del colegio mientras entregaban los premios. Me pregunté que habría hecho mal para ser tan infeliz pero no tuve respuesta. No se si estaba preparada. Ya eran las 9.45. Mis manos agarraban el cuchillo con todas sus fuerzas y no paraban de transpirar. Comencé a llorar, fue un llanto largo y silencioso. En fin, ¿qué me había hecho Javier? Él no era más que un tonto insensible parte del montón. Era yo la que no encajaba en este mundo que juraban que era redondo pero yo no podía dejar de verlo cuadrado y vacío. Porque si Laura era yo, porque yo antes era violeta pero Javier había creado una Laura en mi, que no podría sacar… ¡salvo que mate el cuerpo de Violeta! Al fin, entendí la lógica, la respuesta era mucho más fácil. Mis manos llevaron el cuchillo a mi corazón para acabar con mi vida. Y la de Laura. Me fui de este mundo, mi cuerpo estaba muerto y mi alma nunca existió.