Una pesadilla había ordenado mi cabeza. Tuve mucho miedo pero al despertar me di cuenta que el dolor era importante, necesario. Entonces organicé una lista que en realidad no era una lista. Era una hoja en blanco, que tenía un solo nombre: Javier Bril. Mi ex pareja, un reverendo imbécil al que le debía un ajuste de cuentas, El se había encargado de hacerme una mártir y eso no le iba a salir gratis. La vida era una sola y ya no me quedaba tiempo para recuperarla. Había soñado que lo mataba de a poco y el lloraba a gritos pidiendo clemencia. Yo estaba muy feliz en cambio, me sentía liberada y todo era hermoso. Pedí perdón después y le eche la culpa al mundo, por siempre querer resolver la violencia con violencia.
Me levanté y me lavé los dientes. Iba a ser un día largo, por eso puse agua a hervir para hacerme un café. Mientras tanto tendí la cama y barrí un poco el departamento. Me prepare el café que estaba especialmente rico y un sándwich de queso. Me puse el uniforme y me colgué la tarjeta que decía en letras oscuras Violeta Montés y finalmente, partí al trabajo que lo odiaba. Lo único que tenia que hacer era doblar sobres con invitaciones a ciertos eventos o ir a sacar fotocopias. La fotocopiadora era muy vieja en ese entonces, no era como las de ahora, uno estaba más de media hora para sacar dos simples juegos. Ese día, mientras hacía las estúpidas fotocopias me puse a pensar en como iba a materializar la muerte de Javier. Él tenía que sufrir esa muerte, y yo sabía en el fondo que la única solución era matarlo, terminar con su vida porque alguno de los dos tenía que irse de este mundo. No podíamos coexistir y yo no iba a sacrificar mi vida por él.
Yo le tenía miedo a Laura...porque laura era yo. Pero yo era dos personas: yo era Laura a veces y antes Violeta. Después dejé de ser Laura...porque me daba miedo y porque ella era una invención.Es decir, primero fui Violeta, siempre fui Violeta. Pero hubo un tiempo en que fui Laura. Laura Laura Laura. Laura me daba vértigo. Violeta siempre tuvo vértigo sin embargo, Violeta no podía evitar en convertirse en laura. Pero laura hizo muchas cosas que estaban mal. La sociedad dispone y los demás nos acomodamos en eso. El problema de Laura era que todo le importaba nada y nada la iba a cambiar.
Si alguien me hubiera escuchado lo que pensaba creería que estoy loca pero no lo estoy sólo estaba triste, soy triste. Quería yo quería matarlo a él pero, ¿qué significaba ser una simple asesina? Quería vengar mi mordaz infelicidad, de manera procesual. Iba a ser de a poco y tendría la muerte que en mi mundo, en mi cabeza consideraba justo. Justicia, en la cabeza de laura perdón.
También sabía o sospechaba que después de matarlo a él, la iba a matar a Laura. Laura había sido una creación de él y yo no podía seguir viviendo con dos personas adentro mío. Yo había nacido como Violeta y moriría como Violeta. Laura iba a desaparecer con el viento que se llevaran las cenizas de Javier. Me dio pena él, pero se merecía cada centímetro de su muerte y yo merecía recuperar a Violeta, mi persona.
Lo primero que hice al salir del trabajo fue dirigirme a la peluquería y teñirme el pelo de un negro azabache. Tenía la llave de su departamento y la buena noticia es que el nunca supo que yo me había robado esa llave. En la peluquería pedí que me maquillaran. Que me dejaran lo mas pálida posible y que acentuaran mis ojeras. El peluquero me preguntó que tipo de bruja era, a lo que le respondí que sólo iba a matar a mi ex novio. No entiendo por que mi confesión le causo tanta gracia. De ahí me subí a un taxi y le pedí que se dirigiera a Derqui 354. El taxista me miraba y me miraba hasta que me preguntó si lo que tenía puesto era un disfraz. “No…es que, voy a matar a mi ex novio y quiero estar preparada” Se rió un buen rato y me felicitó por el disfraz. (Le volví a aclarar que no era un disfraz, es impresionante, cuando le decimos la verdad a la gente no nos creen y si les mentimos, si.) Llegamos al lugar que le había indicado y me deseó suerte. Subí hasta el cuarto b. Sabía que no llegaría hasta las 10. Me fije en la hora, recién eran las 7 y 32. Entré al departamento, estaba igual de desordenado que siempre. Era un cerdo.
Tenía miedo de seguir, pero la felicidad siempre está al alcance de la mano al igual que la angustia. Me pone muy triste saber que a veces preferimos estar tristes. Debe ser la presión que uno siente: el precio de ser feliz es estar triste. La tristeza nos invade y nos destruye, de a poco. Las risas se vuelven inusuales y el aire se vuelve denso, a veces pareciera que no hay aire. Me acordé del concurso de barriletes de mi colegio. Los barriletes que ganaban eran los que siempre hacían los padres de los alumnos en cambio, los que hacían los alumnos nunca volaban tan alto ni tanto tiempo por eso, nunca ganaban. Yo nunca ganaba. Recordé un año en especial, tenía 9 años y mi barrilete no había volado, mi tristeza era inmensa y me senté a llorar en los vestuarios del colegio mientras entregaban los premios. Me pregunté que habría hecho mal para ser tan infeliz pero no tuve respuesta. No se si estaba preparada. Ya eran las 9.45. Mis manos agarraban el cuchillo con todas sus fuerzas y no paraban de transpirar. Comencé a llorar, fue un llanto largo y silencioso. En fin, ¿qué me había hecho Javier? Él no era más que un tonto insensible parte del montón. Era yo la que no encajaba en este mundo que juraban que era redondo pero yo no podía dejar de verlo cuadrado y vacío. Porque si Laura era yo, porque yo antes era violeta pero Javier había creado una Laura en mi, que no podría sacar… ¡salvo que mate el cuerpo de Violeta! Al fin, entendí la lógica, la respuesta era mucho más fácil. Mis manos llevaron el cuchillo a mi corazón para acabar con mi vida. Y la de Laura. Me fui de este mundo, mi cuerpo estaba muerto y mi alma nunca existió.
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