Era un día en que el frío me llegaba hasta el alma. El sol se acomodaba de a poco sobre las montañas, al oeste. El miedo siempre estaba presente en mí ser, el miedo es espantoso como los árboles pelados en el invierno. Para volver todo un poco más trágico me encontraba sola en el mundo. Ya no había amigos ni amores a los que recurrir. Solo contaba con música y mis libros. Me había fumado un atado de cigarrillos en dos horas. Y mi piel se empezó a volver gris. Parecía un humano con piel de ceniza. O piel de piedra. Estaba muy deprimida porque me habían vuelto a abandonar, por enésima vez no funcionaba una relación. O que desgracia. El mundo sabía que sobraba, el universo sabía que sobraba, estoy segura que hubo un error en las constelaciones el día que nací por ejemplo que, cayó un meteoro que perturbó los designios de los cuerpos azules.
Volviendo al tema de los cigarrillos, me volví gris. Gris como un fantasma, como una roca, como un metal. Como un metal como una roca como un fantasma. Fantasma, roca y metal. Etérea, dura y fría. Metal fría roca dura fantasma etéreo. Una cosa llevaba a la otra y el resultado era más que la suma de las partes: Soledad. Estaba condenada a estar sola. Pero asumir el hecho de que iba a estar sola siempre defendiéndome del mundo era devastador. Y me había destrozado. ¿Podría decir que existen injusticias en la creación? Podría decir lo que quisiera. Podría gritarlo, podría escupirlo pero el mundo no me iba a escuchar. De alguna forma se había formado un fuerte entre el mundo y yo. Estábamos en guerra. En realidad yo estaba en guerra contra el, pero el nunca se había enterado. Porque yo no era mas que una hormiga, así de chiquita. Estaba gris. ¿Qué iba a hacer? Era gris en serio. Así que Salí a comprar muchas zanahorias. La vendedora y todo el mundo se daban vuelta a verme, era imposible que no llamara la atención. Sin embargo tampoco demostraron tanta curiosidad porque nadie se acerco a preguntarme. Se que no fue por discreción. La gente es desubicada siempre. Pero bueno, reflexioné que a nadie le importaba nada porque un fenómeno así no se ve todos los días. En este tiempo ya se habían acabado los noticieros, los periódicos dejaron de circular para las masas. El mundo funcionaba en cámara lenta, todos adentro de su burbuja, con miedo a interaccionar con otros. Todos con su celular o su mp3 e ipods. Y yo gris. ¡Gris e ignorada! Compre las zanahorias y me volví a casa. Me comí siete pero no paso nada. Seguía gris y seguía fumando. Porque fumando espero, y fumo esperando. El problema es que yo era una enamorada de la vida de antes. Tuve una madre fantástica que se había encargado de presentarme al mundo de la literatura y me dejo tratarlo como tuviera ganas. Así que con una lectura bastante desordenada y con conocimientos de nuestra historia solo contados por novelas históricas me había creado un sueño, una ilusión bastante alejada de la realidad. Pero optimista. El problema fue el día que me volví gris. Como un fantasma, etérea. Como una roca, dura y como un metal frió. Ahí me di cuenta que no había vuelta atrás. Que el hombre se había cavado su propia tumba y ya tenia dos pies adentro y que seria imposible salir. Porque habíamos destruido lo que nos mantenía parados, habíamos destruido nuestra tierra. La tierra de todos los seres vivos. Y mi piel dejo de ser piel. Mi piel era ceniza y en el fondo de mi alma sabia que nunca más volvería a ser piel. Porque mi ser estaba triste, porque me había dado cuenta que el mundo se acabaría por nuestra culpa. Por mi culpa. ¿Cómo vivir cuando la piel de uno se vuelve cenizas? No se puede vivir. Mis lágrimas, se veían tan feas con el fondo de mi piel gris. Las lagrimas que tan hermosamente tristes había apreciado. Siempre supe que llorar no estaba mal, siempre y cuando uno llore con el color que nace. Pero de pronto era gris, entonces mis lagrimas no tenían sentido, no tenían fuerza.
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